Saru Hanuman

martes, 27 de febrero de 2018

Esclavitud


¿Qué destruimos cuando luchamos por nuestros sueños?
¿El futuro? ¿Quizás más de uno?

Cuando damos un paso forzamos al universo a colapsar sobre sí mismo, a recomponerse para compensar el peso de nuestras acciones, y con ello pagamos un precio, el más doloroso, el más profundo y terrible: dejar ir lo que no es.

Todo cuesta algo. Todo es un intercambio: de fuerzas, de tiempos, de intenciones; incluso de sentimientos.

El problema de la libertad se encuentra en la posibilidad de elegir, en la inevitable ruina de la voluntad.
¿Por qué tanta gente se contenta con seguir a alguien más?
¿Por qué hay quienes prefieren ponerse en manos de "dios"?
¿Por qué muchos se conforman con engancharse en un puesto de trabajo? ¿Por qué defienden con uñas y dientes una vida mediocre?
Porque rendirse a la voluntad ajena es muy fácil.
Porque ceder el control de nuestras vidas, nuestros pensamientos más íntimos, es más seguro.

¿Qué destruimos cuando luchamos por nuestros sueños?
¿Qué encontramos en el azar, en esa pizca de suerte que se necesita para alcanzarlo todo?

El miedo es esclavitud.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Nunca los mismos pasos


Salí a buscar la lluvia, a encontrar mi tótem; quise verte ahí, en mí, fuera.

Indeciso, marqué el camino con una rama, haciendo surcos en la tierra conforme andaba, sólo para enterarme de lo confuso que es perderse, de lo inútil que es aferrarse a las propias creencias e ideas del mundo.

Creí en ti una vez, un tiempo, en otra vida, porque te proyectaba entre tormentas, imaginando soluciones que nunca fueron, que siempre se quedaron reducidas, limitadas a unos momentos de imaginación sin ciencia, de pasión sin conciencia.


Entonces volví al centro, trazando de vuelta los pasos, sin devolverlos, sin esperar nada, ni siquiera recuperar el tiempo.

Hoy vivo en silencio, estoy sereno, quizás demasiado.

domingo, 20 de agosto de 2017

Edit the sad parts

"¿Estás aquí?", pregunta en un susurro el tiempo, que estático, se desliza por mi cuerpo, cambiándolo.

Normalmente, si es necesario preguntar, la respuesta será negativa. Si dudas de mi presencia, de mi atención, entonces estás solo, como normalmente ocurre en estos días.

La voz hecha un hilo, la voluntad blanda, la motivación hueca, exhausta; sólo eso queda la mañana posterior a los sueños, esos llenos de recuerdos falsos, de anhelos que por engaños propios llegamos a creer.

Entonces, ¿estás aquí? Es innegable, evidente.

Sin embargo, me niego, dejo que la mañana culmine, pues temo que, si hago un movimiento, si permito un solo pensamiento, me obligaré a llamarle, a forzar de nuevo la fantasía para darle forma de realidad, y todo será peor.

Porque sé; eso es: sé.

Imaginar es lindo, así, despectivamente. Porque no se puede creer en la imaginación cuando se sabe; es imposible tener fe cuando hay conocimiento; es idiotez adolescente, necedad, negación.

Estar triste, deprimido, enojado, pero estar.

Eso, para mí, es más valioso que evadirse.

Y la oscuridad pregunta: "¿Estás aquí?".


lunes, 24 de julio de 2017

Cinco minutos más

Leana, sentada al borde del risco, observa con calma el extenso panorama frente a ella, el horizonte lejano, que se borra conforme cae la noche. Junto a ella, Ana, impaciente.

- Entonces, ¿ya?

Leana mira su reloj, hace un calculo en su mente y después de unos segundos, niega. Ana la mira en silencio, con reproche.

- ¡No van a venir! Llevo horas, días diciéndolo.

- Todavía no es hora.

Molesta, Ana se levanta y camina un poco, de ida y vuelta, con los brazos cruzados. Se detiene a espaldas de Leana, saca un cigarrillo, lo enciende y comienza a fumar, tensa.

- No van a venir, y aunque vinieran, no sabes si hay tráfico, o algún accidente, o peor; ¿qué tal si están todos muertos?

Leana no se inmuta, sólo mira el reloj de nuevo.

- Cinco minutos.

- ¡Eres necia, caramba!

- Mejor ven, siéntate, deja de dar vueltas y acompáñame.

- ¡Que te acompañe! Si soy la única que siempre está contigo, soy la que siempre tiene que escucharte cuando te quejas del mundo y la gente. Soy yo la que ha estado aquí todo el tiempo, y estoy harta de perder mi tiempo contigo.

- Por eso estamos haciendo esto.

Ana se paraliza en medio de una fumada, deja caer el cigarro y lo pisa. Exhala la última bocanada de humo y se sienta junto a Leana, de malas.

- Al menos nunca fuiste aburrida.

Leana ríe un poco, se esfuerza por no llorar.

- Ojalá eso pongan en la lápida.

La otra, cruel.

- Nunca fueron muy agudos, nadie te entendía. Sólo yo.

- La verdad es que tampoco tú.

Escandalizada, Ana revira en una serie de reclamos e insultos, pero Leana se pone los audífonos y toca el botón de reproducir, con la canción más triste que había escuchado hasta ese punto en su vida. Le gustaba perderse en la música, medir con precisión el momento en el que llegaría el clímax de la canción y con éste, la catarsis total, el instante de aceptación, de rendición ante su realidad.

Con los ojos cerrados, siente por primera vez esa noche el roce del viento contra su rostro, la aceleración de su cuerpo en la caída, cómo el aire frío ingresa con violencia a través de sus fosas nasales; el vértigo desaparece rápidamente, pero el suelo está demasiado cerca y el momento durará poco.

Cerca, cada vez más cerca, y ella no estará ahí después de estos pensamientos. No más ideas, no más escenas ni palabras de odio. No más ese recuerdo, ni el frío ni la soledad que le acompañan.

No más de nada.

Hasta que la despierta el reloj con su alarma.

Abre los ojos y se quita los audífonos. Ana había desaparecido. Está sola por primera vez en mucho tiempo, excepto por el mundo a su alrededor, que parece aguardar en silencio a que haga algo.

El reloj insiste, ella lo mira con desconfianza, unos segundos después se lo quita y lo suelta sobre el vacío. Lo ve perderse en la oscuridad.

- Bueno, entonces, ¿ya nos regresamos?

Ana, de pie atrás de Leana, exasperada, agresiva.

- No.

Responde Leana y vuelve a ponerse los audífonos, sube el volumen y sumerge la voz de Ana en la música.

Se levanta y comienza a caminar, deja atrás el risco, a Ana, la esperanza de que alguien llegue a salvarla.

Se va hacia la noche, que la recibe con brazos abiertos.

lunes, 17 de julio de 2017

De frente contra el suelo

Me detuve en pleno desfile y me bajé del pedestal donde me había puesto tiempo atrás.

Han pasado 4 años desde que conseguí independizarme del trabajo de oficina, desde que reuní de nuevo el valor para intentar por segunda ocasión, y esta vez la experiencia fue mucho mejor, me permitió ir y venir, viajar un poco más y conocerme en la aventura del trabajo independiente, con horarios propios y fechas de entrega negociadas.

Hoy esa etapa llega a su fin.

Después de poco deliberar decidí alejarme del mundo durante una semana para respirar con tranquilidad y tomar decisiones sobre el siguiente paso en mi vida. En este periodo me di cuenta de dos cosas clave:

La primera es que estoy solo, lo cual es tan obvio que a veces lo pierdo de vista. Si me mudo, si no lo hago, si decido correr desnudo por el departamento es cosa mía, y nadie va a opinar al respecto. Es difícil ver el bosque mientras estás perdido entre los árboles, pues. Por eso me sentía incómodo con una decisión que pudiera afectar a alguien más que a mí... ¿a quién?

La segunda es que estudié 2 años para integrarme a un área de trabajo que me es completamente nueva, realmente no sé por dónde empezar, y se me ocurre rechazar un trabajo que, para ser "de iniciante" paga muy bien, que puede darme la oportunidad de acercarme al contexto que quiero ocupar. ¡Pero qué arrogancia, señor!

Por eso, el fin de semana, en los últimos días de mi retiro, descendí del pedestal donde me había puesto a mí mismo, caminé hasta una colina en mi mente, donde pudiera ver el panorama completo, y me di cuenta de que el aislamiento no es la forma de cambiar mi vida.

Vi que todo lo que había movido en el último año, todo lo que había cambiado de lugar, había sido para no tener que cambiar yo, y ésa es la peor contradicción que puedo cometer.

Así pues, me dispongo a dar un giro drástico al ritmo de mi existencia. Ignoro si será realmente lo que me lleve a donde quiero llegar, pero sé que será distinto, y eso siempre es bueno.


martes, 11 de julio de 2017

7

Hace unos días hablaba con uno de mis amigos, le comentaba sobre mi depresión y todo lo que no sucede en mi vida. Su resolución fue muy certera: "deberías apreciarte", dijo, "al final haces más que muchas personas".

Normalmente este tipo de comentarios no sería un consuelo, pero creo que esta vez capté el sentido de lo que quería decir, no como una forma de confortarme superficialmente, sino como una invitación a abrir los ojos a mí mismo en los momentos en que el resto del mundo inmediato se vuelve demasiado lento, demasiado simple para mí.

Me gusta el cambio, disfruto imaginar los retos que vendrán y me emociona sentir la agitación que anuncia el advenimiento.

Sin embargo, en más de una ocasión me he sentido culpable, o he percibido esta característica mía como algo negativo, pues donde la mayoría de la gente encuentra algo de lo cual afianzarse y una base sobre la cual construir una vida completa, yo me la he pasado quemando puentes, borrando huellas y experimentando con nuevas formas de ser yo.

En estos días, que he tenido tiempo para observar lo que tengo entre las manos, encuentro un vacío, un hueco que me gustaría no existiera, pero ahí está. En este tiempo he tenido oportunidad de observarme con calma, en silencio, y notar que estoy cansado, pero no como yo pensaba.

Me he dado cuenta que ya no soy un gran traductor, sólo soy bueno, porque no lo he cultivado más allá del trabajo habitual.

Me he dado cuenta que soy muy cariñoso, pero no sé qué hacer con el amor que tengo para dar, porque me da miedo invertirlo de nuevo en la persona equivocada.

Me he dado cuenta que extrañaba escribir, y que la música está dormida dentro de mí, quizás por los próximos 14 años, como pasó con las letras.

Pero, creo, lo más importante ha llegado con las palabras de este amigo, porque he sentido miedo, un temor profundo e imposible de evadir, que me insta a buscar seguridad, a encontrar más trabajo de algo que ya no me emociona.

Y sí, se dice que eso es parte de "ser profesional", pero creo con fervor que no estoy en esta vida para eso, sino para responder a todas las preguntas que tengo, para descubrir cómo y por qué en todo.

Quizás por eso disfruto tanto los cambios en mi vida, aunque me asusten. He llegado a reconocer que lo que me frustra no es, en sí, la negativa a un deseo o solicitud, sino el bloqueo de la metamorfosis, el dominio de la inercia.

Quiero seguir cambiando, quiero tener la energía para decidir dónde ir en cada encrucijada, quiero mantener la curiosidad de mi espíritu y morir con una sonrisa, con el vértigo de quien se lanza a lo desconocido por decisión propia.

Por eso, hoy me detengo y me desprendo del miedo, en siete respiraciones largas, cierro los ojos para prepararme y seguir adelante.

lunes, 3 de julio de 2017

Camino a la grandeza

En casi todo he fallado.

Podría hacer una lista de todas las ocasiones que he intentado lograr algo grande, todos los ámbitos en los que he arruinado las cosas por alguna razón, y de hecho repaso esa lista en mi mente ahora mismo, llevo un par de horas haciéndolo.

Hay una película terriblemente cursi que comienza con un argumento similar, Elizabethtown, con Orlando Bloom y Kirsten Dunst.

En las primeras escenas hay un monólogo sobre el fracaso, no el tipo de fracaso que está de moda en redes sociales, sino el verdadero, el que te deja en medio del desierto, bajo el sol, sin provisiones ni rescate alguno. El personaje de Bloom afirma que cualquiera puede fallar en un día normal, pero un verdadero fiasco sólo es posible para los grandes.

Al final tiene una revelación: es el éxito lo que admira la sociedad; no la grandeza, sino el éxito.

Y esto es lo que me parece interesante, aquí radica la profundidad del pensamiento de los guionistas. La grandeza no siempre va acompañada del éxito, lo sabemos bien, la historia está llena de ejemplos; en especial la historia de México, donde admiramos a tantos que pelearon y murieron al ser derrotados.

Como dije al principio, en casi todo he fallado: en la música, como pareja, como padre, como traductor, etcétera; sin embargo, tampoco he logrado la grandeza, jamás he sido protagonista de un desastre tal que repercuta en el mundo entero, y eso, ESO es lo que realmente me incomoda.

A esta edad ya debería haber logrado algo, para bien o mal, creo que debía estar en un sitio distinto, en lugar de desvanecerme poco a poco del mundo, sentirme cada vez más irrelevante y aislado.

Mi crisis no es por la falta de éxito, sino por la mediocridad, la pequeñez de mi contribución al mundo, pues si estoy destinado a perder, al menos tendría que hacerlo en grande, entre llamas y explosiones.

Sin embargo, estoy cansado, agotado no por las derrotas, sino por la indiferencia. Soy bueno para muchas cosas, pero no soy excelente; igualmente, soy malo para otras tantas, pero no soy terrible. Tengo talento, pero me ha faltado enfoque, y aunque no he sufrido tragedias, tampoco he sido realmente afortunado.

Quizás estoy destinado a ser un ejemplo de mediocridad, seguro a alguien le parezca divertido. Pero es tan poco original, tan común, que me desagrada esta posibilidad, incluso más que perderlo todo.

En casi todo he fallado, pero aún me quedan cosas por probar.
Espero encontrar pronto mi oportunidad para lograr la grandeza.