Han pasado 4 años desde que conseguí independizarme del trabajo de oficina, desde que reuní de nuevo el valor para intentar por segunda ocasión, y esta vez la experiencia fue mucho mejor, me permitió ir y venir, viajar un poco más y conocerme en la aventura del trabajo independiente, con horarios propios y fechas de entrega negociadas.
Hoy esa etapa llega a su fin.
Después de poco deliberar decidí alejarme del mundo durante una semana para respirar con tranquilidad y tomar decisiones sobre el siguiente paso en mi vida. En este periodo me di cuenta de dos cosas clave:
La primera es que estoy solo, lo cual es tan obvio que a veces lo pierdo de vista. Si me mudo, si no lo hago, si decido correr desnudo por el departamento es cosa mía, y nadie va a opinar al respecto. Es difícil ver el bosque mientras estás perdido entre los árboles, pues. Por eso me sentía incómodo con una decisión que pudiera afectar a alguien más que a mí... ¿a quién?
La segunda es que estudié 2 años para integrarme a un área de trabajo que me es completamente nueva, realmente no sé por dónde empezar, y se me ocurre rechazar un trabajo que, para ser "de iniciante" paga muy bien, que puede darme la oportunidad de acercarme al contexto que quiero ocupar. ¡Pero qué arrogancia, señor!
Por eso, el fin de semana, en los últimos días de mi retiro, descendí del pedestal donde me había puesto a mí mismo, caminé hasta una colina en mi mente, donde pudiera ver el panorama completo, y me di cuenta de que el aislamiento no es la forma de cambiar mi vida.
Vi que todo lo que había movido en el último año, todo lo que había cambiado de lugar, había sido para no tener que cambiar yo, y ésa es la peor contradicción que puedo cometer.
Así pues, me dispongo a dar un giro drástico al ritmo de mi existencia. Ignoro si será realmente lo que me lleve a donde quiero llegar, pero sé que será distinto, y eso siempre es bueno.
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