- Entonces, ¿ya?
Leana mira su reloj, hace un calculo en su mente y después de unos segundos, niega. Ana la mira en silencio, con reproche.
- ¡No van a venir! Llevo horas, días diciéndolo.
- Todavía no es hora.
Molesta, Ana se levanta y camina un poco, de ida y vuelta, con los brazos cruzados. Se detiene a espaldas de Leana, saca un cigarrillo, lo enciende y comienza a fumar, tensa.
- No van a venir, y aunque vinieran, no sabes si hay tráfico, o algún accidente, o peor; ¿qué tal si están todos muertos?
Leana no se inmuta, sólo mira el reloj de nuevo.
- Cinco minutos.
- ¡Eres necia, caramba!
- Mejor ven, siéntate, deja de dar vueltas y acompáñame.
- ¡Que te acompañe! Si soy la única que siempre está contigo, soy la que siempre tiene que escucharte cuando te quejas del mundo y la gente. Soy yo la que ha estado aquí todo el tiempo, y estoy harta de perder mi tiempo contigo.
- Por eso estamos haciendo esto.
Ana se paraliza en medio de una fumada, deja caer el cigarro y lo pisa. Exhala la última bocanada de humo y se sienta junto a Leana, de malas.
- Al menos nunca fuiste aburrida.
Leana ríe un poco, se esfuerza por no llorar.
- Ojalá eso pongan en la lápida.
La otra, cruel.
- Nunca fueron muy agudos, nadie te entendía. Sólo yo.
- La verdad es que tampoco tú.
Escandalizada, Ana revira en una serie de reclamos e insultos, pero Leana se pone los audífonos y toca el botón de reproducir, con la canción más triste que había escuchado hasta ese punto en su vida. Le gustaba perderse en la música, medir con precisión el momento en el que llegaría el clímax de la canción y con éste, la catarsis total, el instante de aceptación, de rendición ante su realidad.
Con los ojos cerrados, siente por primera vez esa noche el roce del viento contra su rostro, la aceleración de su cuerpo en la caída, cómo el aire frío ingresa con violencia a través de sus fosas nasales; el vértigo desaparece rápidamente, pero el suelo está demasiado cerca y el momento durará poco.
Cerca, cada vez más cerca, y ella no estará ahí después de estos pensamientos. No más ideas, no más escenas ni palabras de odio. No más ese recuerdo, ni el frío ni la soledad que le acompañan.
No más de nada.
Hasta que la despierta el reloj con su alarma.
Abre los ojos y se quita los audífonos. Ana había desaparecido. Está sola por primera vez en mucho tiempo, excepto por el mundo a su alrededor, que parece aguardar en silencio a que haga algo.
El reloj insiste, ella lo mira con desconfianza, unos segundos después se lo quita y lo suelta sobre el vacío. Lo ve perderse en la oscuridad.
- Bueno, entonces, ¿ya nos regresamos?
Ana, de pie atrás de Leana, exasperada, agresiva.
- No.
Responde Leana y vuelve a ponerse los audífonos, sube el volumen y sumerge la voz de Ana en la música.
Se levanta y comienza a caminar, deja atrás el risco, a Ana, la esperanza de que alguien llegue a salvarla.
Se va hacia la noche, que la recibe con brazos abiertos.
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