Hace un mes, aproximadamente, un amigo me devolvió el único borrador que queda de la novela que escribí hace unos 10 años.
El reencuentro fue emotivo, recordé por qué la escribí y todo lo que sentía en esos días. Ahora trabajo, lentamente, en transcribirla y hacerle algunas correcciones, para guardar un ejemplar digital y, en su momento, buscar publicarla.
La reescritura y la lectura son un proceso doloroso, no tanto por lo inmaduro de la escritura, sino por la presencia de los sentimientos pasados.
Por primera vez me enfrento francamente a un hecho clave del que siempre había escapado, y es que una tarde de julio de 2003, en el aeropuerto de la Ciudad de México, me morí. Se me fue el corazón y estuve paralizado por 30 minutos, o algo así, viendo cómo se me iba la vida de las manos.
Suena muy melodramático, pero para mí fue el fin. O mejor dicho, para ese muchacho todo terminó.
Lo que siguió después fue una larga depresión de casi 10 años, un extravío de la sensibilidad, un miedo a todo.
Y hoy me leo en los primeros días después de esa muerte, cuando escribía desde una computadora prestada, en una casa ajena, a la que tenía acceso para torturarme el alma siempre que tenía ganas.
Hoy es otro día, cuando por fin tengo el valor de enfrentarme a quien fui, para despedirme y seguir adelante.
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