La libertad de tropezarse con nuevas piedras,
de regar el camino con sudor y lágrimas,
de esforzarse para alcanzar todo aquello en lo que se cree.
La libertad de expresarse a gritos, en voz baja,
con piedras en las manos y los bolsillos vacíos de esperanza.
La libertad de rabiar por la ignominia, de quedarse solo,
de no esperar por nadie y, al mismo tiempo, alguien.
La libertad que sólo se encuentra a través del fuego,
cuando se olvida el deseo, el orgullo.
La vida que sólo llega cuando dejamos morir el pasado,
cuando decidimos levantarnos de nuevo contra todo.
La libertad de destruirme, de ver lo que amo arder
porque no acepto que alguien más tenga el poder de arrancármelo.
La libertad de enfrentarte y decir: no eres lo que quiero para mí.
Esto no es lo que quiero para mí.
Y las consecuencias que llegan, se van. Regresan.
Y la soledad se olvida, las sonrisas, los lamentos.
La libertad de abandonar el espejo de tus ojos,
de salir de la comodidad que es la miseria.
La libertad de reinventar mi vida, de olvidar que es tan corta,
de pensar que el pasado ha terminado y el futuro no existe.
La libertad de la esperanza,
de la infancia que me pierdo y no puedo remediar.
La que me lleva a decirte que encontraré mi camino,
que lograré mi objetivo a como dé lugar.
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