Hay muchas razones por las que se mata. Muchas más por las que se muere.
Más allá de los discursos, la diferencia entre un asesino y un insurgente es la gente que les sigue. Donde el primero actúa solo, el segundo se hace de la confianza, la ilusión, la esperanza y, por encima de todo, la fe de la gente que se siente indefensa.
Lo cierto es que nada es más importante que la vida y, a quien mata por cualquier razón o por puro deseo, se le cierran las puertas al paraíso.
Por ello entiendo que "para todos, todo. Para nosotros, nada".
Los monstruos nunca verán la tierra prometida. Los insurgentes no pelean para sí mismos, sino para quienes vienen detrás, para quienes tienen a su lado, para quienes sufren y gozan, para quienes lloran y bailan.
Los insurgentes pelean y mueren porque su vida es morir siempre. Quienes viven, quienes se quedan para cosechar lo sembrado, quienes cruzan las puertas hacia la promesa de la revolución son quienes deciden el futuro.
El presente del insurgente es abrir el camino hacia esa puerta, plantear la posibilidad de esa promesa. Ésa es la esencia de la revolución, donde unos mueren y otros viven, donde no se pelea por una certeza, sino por una duda, por un "¿qué pasaría si...?".
El papel del revolucionario no es responder a esta pregunta, sino preparar el escenario y establecer las condiciones propicias para que se pueda responder.
Siempre quedará en manos del pueblo encontrar la respuesta.
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