Esto suele ser cierto y, aunque pasar por situaciones terribles puede guiarnos hacia una sensación errónea o exagerada de bienestar cuando la tormenta pasa, también puede ayudarnos a comprender y aceptar la responsabilidad por todo lo que hemos hecho.
Como raza, como organismo humano vivo, hemos crecido a partir de las mejoras tecnológicas a un precio muy grave: la renuncia a nuestra responsabilidad con el mundo que nos rodea (que NO es nuestro, por cierto). El único problema es que esa responsabilidad no desaparecerá "mágicamente", como los desechos que generamos día con día, sino que tarde o temprano volverá a mordernos y lo hará con fuerza.
Le decía ayer a un amigo que, aunque está muy bien el activismo ecológico y es necesario empezar a hacernos conscientes de lo equivocados que estamos al continuar por el camino del petróleo y demás, también tenemos que afrontar la realidad de que, para que la huella de contaminación que marcamos en el mundo disminuyera de manera realmente significativa, necesitaría morirse la mitad de la población mundial, porque es imposible, por ejemplo, dejar de alimentar a la gente, o evitar que usen su automóvil, o negar la conveniencia (si bien, no para el medio ambiente) de los alimentos empacados. Esto sin tocar otros puntos menos sensibles para la subsistencia, como el entretenimiento, la cultura y otras actividades que también generan polución.
La pregunta aquí, casi de manera obligada, fue y siempre ha sido: Entonces, ¿nos quedamos sentados esperando a que todo se vaya al demonio? Por supuesto que no.
Mi punto no es dejar de intentar mejorar porque todo esté perdido, sino hacer conciencia de que el cambio real vendrá a partir del dolor, porque cambiar duele. De otra forma, la adolescencia, la etapa de mayores cambios químicos y físicos en el ser humano, no se llamaría ADOLESCENCIA.
Crecer es un proceso doloroso, en nuestro caso, porque tenemos que afrontar las responsabilidades de todo lo que, como especie, hemos hecho, y no será cosa de un par de años, porque los ciclos se deben corresponder, y reparar un daño siempre es más laborioso y lleva más tiempo que realizarlo.
Es como jugar con legos o, para quienes lo recuerden, con Tente. Uno podía construir fortalezas y pasarse toda una tarde armando y remodelando, y al final del día tomaba 10 minutos de juego destruirlo todo.
La correspondencia de ciclos es siempre igual, y el ciclo de creciente irresponsabilidad y destrucción sistemática del medio ambiente no lleva décadas, sino siglos.
Una vez más, mi punto no es que dejemos de luchar, que nos abandonemos a la entropía del universo y la inercia de la sociedad, sino que estemos conscientes de que es una lucha larga a la cual no vamos a ver fin, pero vale la pena lucharla y hacer de ella nuestro legado, porque a nuestros hijos les tocará continuarla.
Y seguramente será una lucha que se gane, tengo toda la confianza en ello, pero tienen que empeorar las cosas todavía más, por el simple hecho de que el daño ya está hecho.
En mi opinión, se tienen que seguir (y se siguen, si bien con mucha, mucha cautela y modestia) tres procesos generales para llevar la lucha por los ecosistemas a buen puerto:
1. Sustentabilidad de la tecnología (Para quienes piensen en decir alguna idiotez, noten primero que la bicicleta, los aviones ultraligeros que no consumen combustible, los converse, que tan de moda llevan dos décadas, y todo lo demás que pueda ocurrírseles en el uso diario, SON piezas de tecnología).
2. Despetrolización de la vida diaria (no sólo combustibles, sino todos los derivados del petróleo, incluyendo los Cheetos). Aquí también hay que hacer notar los combustibles vegetales, por los que, a la larga, terminarán destruyendo los suelos y entonces sí estaremos realmente jodidos.
3. Concientización de la población. Éste creo que es el proceso más arduo y extenso de los tres, porque la gente (no puedo enfatizar lo suficiente que aquí hablo de muchedumbre, no de individuos) es, por naturaleza, floja, y sólo quieren ir a trabajar, recibir su cheque e irse a descansar, sin pensar en las implicaciones que su paso por la vida tiene en el mundo. Entonces, hay que tener mucho valor para enfrentar este proceso.
Y todo esto ¿a santo de qué? A ciencia cierta, no lo sé, supongo que es porque ayer pasé mucho tiempo con un puñado de activistas proambientales.
En fin... música.
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