Un lunes de torpeza y simpleza en la oficina. En la vida personal, un lunes de conflictos y dudas.
Mi vida contrasta entre el horario laboral y el resto de mi tiempo, entre mis obligaciones y mis sentimientos, entre mi afán por no traer trabajo a casa, ni llevar la casa al trabajo.
Mentiría si dijera que me siento atrapado en una oficina donde nadie me conoce, excepto por mi risa y mi cordialidad habituales. Ya no me duele, ni se me complica separar quien soy de lo que hago, pues al sumergirme en el trabajo puedo permanecer allí, ingrávido, hasta el momento de salir. Es mi trabajo y lo disfruto, es lo que elegí y lo que pedí.
Por otro lado, en la vida "real", fuera de la oficina, sí me siento atrapado por mis relaciones, por mi forma de mantenerme al margen de todo y todos. Intento reunir el valor y el ánimo para salir de nuevo y ser honesto con quienes me rodean, pero no le veo mucho caso. No es que dude de su atención, sino que me produce mucha indiferencia escucharme hablar de lo mismo, una y otra vez.
No tengo idea de cómo resolver los asuntos en los que estoy inmerso emocionalmente. Quizás es mi miopía, o mi necedad. No lo sé. Lo que sí tengo por seguro es que no estoy contento, ya no. Quiero recibir más, pero también quiero dar más, y me siento limitado y poco apreciado, así que no doy más porque no recibo más.
Hace unos días pensaba en que puedo aceptar una apuesta todo por todo, si es que de verdad hay posibilidad de ganar. Sin embargo, lo único que veo es la certeza de seguir perdiendo, perdiendo-me.
En mi experiencia, entre más se cede, más se exige de uno, y hay que aprender a poner límites. La cuestión en los asuntos personales es ¿dónde termina la limitación razonable y comienza la imposición paranoide?
No lo sé. Estoy tan sumergido ya en esto que no puedo ver claramente, como quien se pierde entre los árboles y no puede apreciar el bosque.
Pero la vida avanza y se mueve, y con el movimiento viene el cambio. Sólo tengo que ser lo suficientemente inteligente y ágil para percibirlo.
Hay que despertar.
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