Esta tarde ha sido de música, en gran parte mía. Escuché el nuevo sencillo de Kasabian y me gustó mucho, aunque el video es... común, digamos.
No importa lo mucho que retoquen la idea o muevan la cámara, los videos de bandas tocando son aburridos. Definitivamente me gustan los videos donde ni siquiera nos enteramos que está la banda, o donde al menos se esfuerzan por dar un concepto, una idea, una visualización de lo que la canción podría expresar visualmente.
Pero ver a los grupos ahí, tocando, y ya. Por más que griten y hagan cara de intensos, de que sienten lo que cantan, de que de verdad se la creen, no... definitivamente no es para mí.
Supongo que por eso quiero hacer un video donde no tenga que salir para nada.
Sobre eso, por fin aprendí, gracias a un amigo, a hacer mejores bombos, con más cuerpo y volumen. Sólo un detallito, un pequeño agregado a la fórmula y tómela chinito, un bombo tronador a la orden. Muchas gracias por eso.
De ahí pasé las dos horas siguientes arreglando o, más bien, descomponiendo una de mis canciones, la cual al final tuve que cerrar sin guardar porque ya no recordaba cómo era originalmente. Me encanta hacer música.
Me encanta hacer música, compartir música, escuchar música, cantar música y, bueno, en pocas palabras, este fin de semana me hice consciente finalmente de que si no leo muchos libros, si no veo muchas películas, pero escucho tanta música, es porque lo mío es más la última que los otros dos, y aunque mi trabajo sea leer y moldear letras, mi placer está en la música, en los sonidos del mundo y las personas que me rodean.
Eso es lo que llena mis días.
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