Saru Hanuman

miércoles, 27 de julio de 2011

Mi vida con el odio 5: Siempre hay una última vez

Ha habido una variedad de episodios en las últimas semanas. Algunos excelentes, con buen manejo de emociones y acuerdos logrados mediante el diálogo, y otros no tan buenos, pero sin caer en la pesadez y lo lamentable de actuar cegado por el odio.

Sin embargo, las dos semanas pasadas fueron difíciles. En general logré mantenerme tranquilo, pero a ratos me ganó la desesperación. Es curioso darme cuenta de que no odio por enojo realmente. No es sino la impotencia ante el cinismo y la ignominia hipócrita de quien dice amarme lo que me hace rabiar.

Me es sumamente difícil confiar en las personas y, sin embago, detesto no poder confiar en alguien. No se trata de que nunca me mientan, sé que tarde o temprano cruzaré camino con alguien que lo haga, pero eso es aceptable. Como dicen: puedes confiar en que un mentiroso te va a mentir, pero cuando alguien te dice que nunca te miente es momento de desconfiar.

Y así, llegamos al viernes de la semana pasada en que descargué la frustración de dos semanas de ignominia e incertidumbre. El lenguaje que utilicé fue realmente poco elegante y lo único que quería era que me dejaran en paz, pero como siempre, sucedió lo contrario: me acorralaron.
Al verme en esa situación, sin opciones, decidí tomar la ofensiva y hacer que se arrepintiera de haberme presionado tanto. La cosa resultó peor de lo que había pensado.

"Ataque de pánico" se queda corto al intentar describir la reacción que tuvo e inmediatamente mi mente se aclaró de nuevo. No me gusta hacerle daño a nadie y menos que me tengan miedo.
Así que en lugar de seguir presionando intenté ayudarle a que se tranquilizara, que respirara de nuevo y no huyera como gato. Funcionó poco a poco y todo quedó en calma.

La noche terminó en paz. Nos despedimos y le dije que lo intentáramos una vez más. Siempre una vez más.
Por un lado, pienso que es una pérdida de tiempo, ya que confío en que olvidará sus faltas y las promesas que ha hecho, y más temprano que tarde volveremos a la misma situación. Puedo confiar en que un mentiroso me va a mentir.

Sin embargo, tampoco tengo otra cosa a la cual dedicar mi vida. Sé que siempre habrá problemas en las relaciones y, francamente, me siento como un cuarentón divorciado cuando estoy soltero. Es como si ya hubiera pasado lo mejor de mi vida en ese aspecto porque ya di todo lo que podía dar y un poco más.

Que no se malentienda: la amo y me encanta su compañía y todo podría ir muy bien, si no tuviera esta tendencia a escapar cada vez que le entra el pánico de ser feliz.

Lo cierto es que hay cosas que sí puedo arreglar y prefiero enfocarme en ellas, entretanto, disfruto lo poco o mucho que pueda tener con ella.

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