Saru Hanuman

miércoles, 27 de julio de 2011

La herida y el callo

Definitivamente, con los años, uno se va volviendo más insensible, quizás más acostumbrado. En el alma crece una especie de callo que aminora los dolores y, por consecuencia, los placeres. Es irónico que necesitemos ser capaces de sentir lo dañino y negativo para experimentar por completo lo positivo y magnífico.

La especie de ironía que reina sobre todas las cosas y es infalible. Es también incontrolable, ya que no depende de un estado de anímico o mental. Y es lo maravilloso de estar vivo, poder reír cuando se supone que uno debe llorar, o llorar de alegría.

La incertidumbre es lo único que hace emocionantes nuestros días y, a pesar de que requerimos un grado específico (distinto para cada quien) de rutina y continuidad, de vez en cuando necesitamos una chispa, una explosión que nos saque de curso, al menos un poco, para llevarnos a ideas y experiencias distintas, aunque quizás no nuevas realmente.

Sin embargo, conforme uno avanza en el tiempo y la edad y las experiencias dejan sus marcas, no queda más remedio que irse protegiendo, desensibilizando a lo que nos rodea, para poder alcanzar cierta estabilidad, cierta tranquilidad.

En lo personal encuentro que esta noción me trae serenidad, quizás porque siempre he sido muy dramático e hípersensible, y de unos años para acá he aprendido a llevarme mejor con las vicisitudes de la vida o, más bien, a dejarlas pasar y seguir su camino.

Lo único que puedo comprobar es que uno no envejece con su cuerpo, sino con su mente, y esta vejez no se mantiene fija, sino que da saltos de un lado al otro. Un día me siento veinteañero de nuevo, al siguiente soy un cuarentón divorciado.

Y así como la vida termina abruptamente, yo no tengo un final para esta entrada, así que hasta pronto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario