Entrada del viernes 15 de julio de 2011
Uno de los errores más graves que cometen las personas que se consideran interesantes es, precisamente, que se consideran interesantes. Esto puede pasar desapercibido o incluso causar admiración en los individuos comunes, pero a mí me produce una especie de rechazo.
Ahora bien, conviene explicar un poco a lo que me refiero cuando digo que una persona es o se cree "interesante". En general, me refiero a los intelectualoides, culturoides, artistoides y todas sus variaciones, desde los activistas hasta los esnobs (que muchas veces son los mismos).
En sus características: personas que suelen citar autores que *creen* que nadie más conoce, o escuchan música *original*, desde clásica, pasando por boleros y hasta lo más experimental y abstracto que uno se pueda imaginar. Aquellos que practican algún deporte que no sea fútbol, sóccer o americano. Quienes beben café expresso o capuchino en preparaciones de pronunciación extensa (gracias, Starbucks).
Y una serie de características más que se pueden mezclar para formar tu propio personaje interesante, con quien podrás tener horas y horas de pláticas... errr... monólogos, porque usualmente no te dejará hablar. Horas de sana diversión y emoción... o aburrimiento, dependiendo los gustos de cada quien.
En lo personal, prefiero el silencio. Ni siquiera me gusta escucharme hablar sobre las cosas que conozco, ¿por qué voy a soportar que alguien más lo haga frente a mí? Nah...
Ahora bien, hay personas genuinamente interesantes a quien es sumamente entretenido escuchar, pero encuentro que son las menos, y todas comparten una característica específica: son honestos respecto de lo que dicen. Sus palabras realmente significan algo para ellos mismos, y por ende pueden reflejar esto en sus comentarios y pláticas, y no necesitan impresionar a nadie o hablar con estructura intencional. Todo les viene natural.
Cuando encuentro a uno de éstos, disfruto mucho escuchar lo que dicen. Afortunadamente son pocos y por ello aprecio más los momentos que disfruto de su compañía. Desafortunadamente, de los otros hay un exceso, pero todo puede arreglarse cuando aprenden a ser más humildes, y puedo asegurar que a todos nos llega ese momento en que debemos bajar del altar en que nos colocamos a nosotros mismos y pisar tierra.
Por eso siempre digo: ni soy culto, ni soy interesante. Yo soy, solamente, un monito.
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