Entrada del miércoles 13 de julio de 2011
Perdonen el título reciclado, aunque seguro ninguno de ustedes, o tal vez un par, recordarán mi cuento y libro homónimos. Para los que tengan cusiodidad, pueden buscar Ala de Avispa en la red.
En fin. Hace unos días encontré en el camino de regreso del trabajo una escena que me pareció sumamente simpática, incluso algo graciosa, al principio, y después me dio unos minutos de reflexión.
En concreto, eran un señor de unos 70 u 80 años, quien paseaba a un horrendo poodle (horrendo sólo porque detesto este tipo de perros) que parecía corresponder en su propia edad de perro a la de su amo.
Ambos caminaban a paso lento, con rodillas endurecidas y ceño fruncido, aunque más por el cansancio de la vida que por algún mal humor, y eran simpáticos, el cuadro que los contenía, en una acera ancha de la colonia del Valle, en el DF, una tarde gris, con cielo cerrado y plateado.
Podría incluso haber sido poético, pero hace tiempo que no tengo ánimos para la cursilería (seguramente mi mujer podría negar esto, pero me aferro a mis palabras).
Me imaginé que todos necesitamos un amigo en todo momento. Sin amigos con quienes compartir cualquier cosa la vida es bastante aburrida.
Mis amigos, por ejemplo, rara vez han sabido cómo ayudarme, pero no es por la ayuda que puedan brindarme que estoy con ellos, sino por su compañía, por los gustos que compartimos y el hecho de que son las únicas personas en el mundo en quienes puedo reflejar cada una de las características de mi carácter:
Mi amigo el neurótico, el escritor, el músico, el gamer, el enojón, el vicioso... es cierto que no tengo muchos amigos, pero tengo justo los que necesito.
Según mi experiencia, son los amigos que se conocen en la mitad de la adolescencia lo que se quedan. Es decir, los que conocí entre los 16 y 20 años. Tal vez sea igual para mi hijo, tal vez no. Lo único que sí espero para él es que encuentre amigos con quienes pueda vivir su vida, igual que yo.
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