Este fin de semana completé una parte importante de mi constante análisis personal y llegué a la conclusión de que estoy enfermo de odio.
A partir de esta resolución me di a la tarea de encontrar literatura acerca del asunto y sólo encontré un artículo más o menos interesante, publicado hace unos años en el periódico El País, y rescatado en esta dirección:
http://perso.gratisweb.com/carlosmanzano/Jovell01.htm
Más allá de eso, no he encontrado artículos clínicos o literatura científica al respecto, lo cual, francamente, es una decepción. Uno pensaría que un tema tan sonado como el odio llevaría a una serie de estudios desde todos los puntos de vista.
Sin embargo, esto no me detiene para diagnosticar, con base en mis síntomas y la profundidad de la afección, una enfermedad emocional, crónica, degenerativa y, hasta el momento, incurable.
El objetivo de estas entradas en el blog será registrar y analizar los episodios graves de odio que tenga a lo largo del tiempo, así como las formas y etapas de recuperación que pueda llegar a tener (esperemos que sean constantes y realmente productivas).
Esto no intervendrá con el proceso de ejercicio que llevo a cabo en este blog los lunes, miércoles y viernes, sino que será una tarea alterna, ajena a los otros temas que pueda o no tratar.
Por supuesto, con excepción de esta entrada.
Cabe aclarar que no soy científico de ninguna clase y no intento establecer normas sobre el odio como enfermedad. Mi única intención es registrar y analizar mi propia experiencia de vida, para mi propio beneficio y proceso de sanación. De ninguna manera se debe tomar lo aquí escrito (y en futuras entradas de esta serie) como diagnóstico clínico o válido ante cualquier autoridad. De la misma forma, me deslindo de cualquier responsabilidad sobre las consecuencias, positivas y negativas, que puedan tener los lectores de tomar estas publicaciones como recomendaciones médicas.
Así que ya lo saben, no me pueden culpar de nada.
Ok, empecemos entonces con la descripción de lo que me ha traído aquí, el diagnóstico:
El sábado pasado fue un buen día, en general. Cumpleaños familiar, fiesta por la tarde, música, mucha gente y ruido.
Por la noche mis planes frustrados y ¡bang! Se dispara la rabia. Entre las once de la noche y las dos de la mañana me enfrasqué en una discusión sobre mis múltiples razones para estar enojado con mi pareja, y vaya que tengo argumentos.
Me di cuenta de que mi objetivo no era reconciliar, sino destruir, y aunque intentaba contenerme, eso sólo aumentaba mi frustración. Por supuesto que ella no está indefensa, ni es una pobre víctima sin capacidad de defenderse, pero eso es cosa aparte.
Al que odia, o al menos a mí, me encanta el reto y buscar más argumentos para desarmar a mi contrincante, así que mientras más ella se resistía a mí, más fuerte me sentía.
Tres horas transcurrieron hasta que la señal del aparato tuvo a bien fallar y ninguno de los dos volvió a marcar, afortunadamente.
La noche terminó ahí y, durante la mañana del domingo comencé a sentirme ansioso. Parte de mí, la que odia, deseaba que ella marcara para disculparse, para justificar mi actitud y mis acciones. Pero mi conciencia, mi parte lúcida, ansiaba llamarle para ofrecerle disculpas, para explicarle de mi debilidad y mi incapacidad para controlarme.
Aquí abro un paréntesis para explicar que esto no es algo nuevo, sino una infección que ha ido creciendo a lo largo de casi ocho años, y sin ser tratada, ha crecido más allá de mi control y mi voluntad. Cierro paréntesis.
Decidí llamarle y decirle lo que necesitaba decirle, y todo salió bien. Durante la tarde tuve un "rebote" y me sentí eufórico, enamorado. Escuché música y canté y comí y estuve muy contento conmigo, pero nunca perdí de vista que sólo era consecuencia de todo lo anterior y no sería un estado duradero. No estoy curado.
Por la noche le llamé de nuevo para explicarle esto y pedirle su ayuda para recuperarme de esta condición. Le dije que habría días muy malos, como en todas las enfermedades crónicas, y que si quería retirarse, no le guardaría rencor.
Y ahí terminó el episodio. Hoy, lunes, me siento bien, con ánimos renovados y tranquilo con el conocimiento de que esta enfermedad es tratable y, tal vez, curable, aunque eso todavía no lo sé de seguro.
EL AMOR COMO TERAPIA DE CHOQUE
Más allá de lo anecdótico, el análisis de estos episodios me deja una conclusión sobre la forma de tratamiento para esta enfermedad, y eso es el amor.
Aquí se debe entender el amor como una forma de terapia, no un sentimiento. No hablo de un enamoramiento, sino de un compromiso y una serie de acciones concretas en pro de la salud emocional.
Así como a alguien que sufre ataques epilépticos se le debe sostener con firmeza para evitar que se lastime, de la misma forma se debe abrazar a quien odia, con fuerza, sin miedo, hasta que el episodio termine.
Esto requiere mucho valor, mucho compromiso y, sobre todo, mucho amor.
Por otro lado, el enfermo debe también aprender a amarse, ya que el odio siempre presenta síntomas autodestructivos, siempre. El enfermo debe aprender a perdonarse, a reconocerse y aceptarse como es, y a partir de ahí comenzar a sanar y crecer.
Si alguno de estos dos aspectos (o ambos) falla, la infección crece. La velocidad a la que el odio puede infectar la psique de cada persona puede variar mucho, ya que los "sistemas emocionales" son distintos entre los individuos, pero a menos que uno se mantenga en un estado de conciencia óptimo todo el tiempo, nunca se es inmune.
El odio es un parásito y, como tal, es oportunista. Aprovecha cualquier debilidad para entrar en nosotros y distorsionar nuestra percepción de la realidad.
En mi caso, he rastreado la enfermedad hasta un episodio de abandono que tuve hace casi ocho años.
El único tratamiento y posible cura que conozco es el amor, el amor por nosotros mismos y el amor de quienes nos aman.
Pero hay que tomar en cuenta que el odio, como las bacterias, evoluciona y desarrolla inmunidades. De esta forma, si el tratamiento se lleva a cabo sin compromiso y con poca voluntad, el odio seguirá creciendo.
No es suficiente un abrazo esporádico, o una palabra.
Es necesario jugar a fondo y entregar todo.
espero que la terapia de choques funcione... sino las terapias de azotes y patadas también son opción... jejejejeje...
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