Saru Hanuman

domingo, 20 de mayo de 2012

También cuando te odio


Mientras la presión haga lo suyo estallaremos hacia fuera.
No fue un accidente, sino una decisión compartida.
Lo que terminaría en guerra acabó como suicidio.

Giramos con violencia y ojos cerrados, esperamos que se detenga pronto. Al menos eso es lo que hago, pero ya no te escucho, tus gritos y reclamos se pierden en mi memoria y te veo a un lado, te veo sonriendo cuando me dijiste tu nombre y luego, en el torbellino, sangrando.

Una vuelta más, eterna. ¿Estás aún conmigo?
Intento tocarte, mi cuerpo no responde. Es verdad que te odiaba, que te odié por un instante. 

Por fortuna me viste un momento antes del momento y me apagaste. Las luces ajenas que nos tocaron, los giros, los segundos, tus gritos enmudecidos por el pánico del metal y el plástico.

Nos detenemos finalmente.

Te busco. Hay sangre. Mis manos colgando. Me llamas, agotada, como quien deja atrás un peso inamovible, como quien descansa después de una larga jornada.

Hay sangre, siento su calor en mis brazos. Al llegar a mis dedos está fría.

Me llamas. Hay sangre. Por fortuna es la mía.

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