Mientras la
presión haga lo suyo estallaremos hacia fuera.
No fue un
accidente, sino una decisión compartida.
Lo que
terminaría en guerra acabó como suicidio.
Giramos con
violencia y ojos cerrados, esperamos que se detenga pronto. Al menos eso es lo
que hago, pero ya no te escucho, tus gritos y reclamos se pierden en mi memoria
y te veo a un lado, te veo sonriendo cuando me dijiste tu nombre y luego, en el
torbellino, sangrando.
Una vuelta
más, eterna. ¿Estás aún conmigo?
Intento tocarte,
mi cuerpo no responde. Es verdad que te odiaba, que te odié por un instante.
Por fortuna me viste un momento antes del momento y me apagaste. Las luces
ajenas que nos tocaron, los giros, los segundos, tus gritos enmudecidos por el
pánico del metal y el plástico.
Nos detenemos
finalmente.
Te busco. Hay
sangre. Mis manos colgando. Me llamas, agotada, como quien deja atrás un peso
inamovible, como quien descansa después de una larga jornada.
Hay sangre,
siento su calor en mis brazos. Al llegar a mis dedos está fría.
Me llamas.
Hay sangre. Por fortuna es la mía.
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