Algunos meses sin escribir aquí. La razón, el origen de este silencio es algo muy simple, que practico también cuando percibo que mi lengua se suelta demasiado.
Me aburre mi propia voz después de un rato. El hastío me aborda con tal facilidad si hablo más allá de mis propios límites, que prefiero callar a seguir escupiendo estupideces.
He declarado mi amor, mi odio, mi repudio, mi apoyo, mi empatía y mi absoluta indiferencia ante muchas cosas de las que vivo, veo y vusco (sí, yo sé, pero quería poner tres V), así que llega un momento en que me quedo sin palabras nuevas, sin comentarios auténticos, y por más ingeniosas que sean las analogías y por más perfecta que sea la estructura de las oraciones, el mensaje no tiene corazón, por lo que no vale la pena expresarlo.
Siendo así, decidí callarme un tiempo para renovar las experiencias, para encontrar nuevas opciones y acciones distintas, mismas que, a pesar de ser siempre cíclicas, siempre las mismas, las vivo con frescura renovada, con ímpetu de cambio y buena voluntad para desdibujar mi mundo e imaginarlo de nuevo, patas arriba, con cientos de ojos, o simplemente como miles, millones de pasos que dar, millones de huellas que se quedan atrás y se borran.
Me gusta tener la capacidad de perdonar, tener la voluntad para seguir adelante y cambiar el rumbo.
Me encanta el cambio, la búsqueda, el desgaste en los zapatos (las ruedas de los patines) y el cansancio por las noches.
Disfruto las ampollas por el bajo y las melodías del teclado. Me enamoro de la música que suena los jueves en mi casa.
Y así, iniciando el año, como dije: siento el cambio cada vez más cerca.
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