Saru Hanuman

lunes, 17 de octubre de 2011

Un día terrible


¡AH! El morbo... en realidad no tuve un día terrible, sólo extremadamente aburrido, y realmente mediocre.

Entonces, oh ironía, sí fue un día terrible, porque no hay cosa que deteste más que la mediocridad, la liviandad (sí, levedad, ya sé) y la ignominia. Si hubiera tenido un día terrible al menos tendría algo de qué reírme, pero no, todo lo contrario.

Hoy traduje la mitad de cuartillas que debo traducir diariamente, pasé la mitad del día inactivo y mi jefe medio me regañó por estar vagando en internet. Más mediocre que esto, imposible.

La mediocridad no se presta a nada, ni a bromas, ni a risas, ni siquiera al sarcasmo, que tan bajo ha caído desde que se volvió el dialecto favorito de los pubertos "buena onda". La mediocridad no sirve. La miseria al menos uno sabe que debe erradicarla. La lástima es una podredumbre del alma. El odio, el rencor, todo aquello que estimamos desagradable, todo ello al menos tiene una razón de ser, o nos da una razón para buscar algo mejor.

La mediocridad, en cambio, es tibia y blanda, su flacidez invita a recostarse en ella y no volverse a levantar. Su calor apenas deja conforme a nuestra piel, pero no es suficiente para calentar los huesos, de modo que nunca queda uno satisfecho. Sin embargo, la mediocridad pesa como la indisposición, como la ignorancia, como la insolencia.

Hoy tuve un día terrible porque no pasó nada, y si mañana he de tener un mal día, que al menos sea por algo que valga la pena.

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