Hoy, de regreso a casa, me topé con que uno de los cruceros de calles que paso habitualmente estaba sitiado por policías que parecían esperar. Mi deducción fue que algún personajazo de los idiotas ordinarios, algún politiquillo o jefe de policía, estaba en un restaurante en el que nunca antes había reparado.
No me detuve a verificar la certeza de mi idea, pero no se me ocurre otra razón por la que podría haber tantas fuerzas de "seguridad" en la zona, cuando nunca se aparecen.
Esto me puso a pensar en que estos tíos ostentan algo a lo que llaman poder, con sus cuerpos de seguridad y su despliegue de movimientos que, si bien logran adornarles como se merecen (como puercos impunes), desestiman lo que realmente significa esa palabra. PODER.
Lo que ellos manejan no es el poder, sino la sumisión del resto de la gente, así como su miedo.
El verdadero poder es no tener miedo del dolor ni el sufrimiento. No temer a la muerte, ni al futuro. ESO es poder. ESO es libertad.
Vivir rodeado de guardias, dentro de casas blindadas y viajar en convoy, etcétera. ESO es miedo. ESO es una prisión.
Por otro lado me puse a pensar en que estas desgracias de ser humano también procrean, lo cual es algo muy puro y orgánico, pero lo único que pueden aprender sus hijos de ellos es convertirse en basuras nuevas que poblarán el mundo y desgraciarán a la sociedad un poco más.
Lo que hace el padre lo hará el hijo, es el ciclo natural y, aunque puede romperse, es muy difícil. Requiere suma conciencia de la realidad, de la propia personalidad y la identidad.
Quien dice que "nunca será como su padre" y vive su vida bajo este reclamo (que no es afirmación, en relaidad), ya tiene la mitad de la batalla perdida. Es más realista decir "soy como mi padre, pero puedo cambiar".
Es la batalla de una vida, pero como todo lo profundo, vale la pena.
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