Es tarde, de hecho creo que esta entrada aparecerá como del jueves, pero no. Es aún miércoles en mi cabeza, al menos dos horas más antes de dormir.
Desde hace un par de semanas he estado muy contento con mi acontecer creativo, trabajando en colaboraciones con dos grandes músicos, si bien no muy conocidos y, quizás, ni siquiera respetados. Es lo de menos. De ellos estoy aprendiendo mucho, pero sobre todo me siento muy honrado y satisfecho de poder contarlos entre mis amigos, al menos a través de la música.
Es difícil encontrar la inspiración para crear algo por mí mismo cuando los tiempos no presentan graves dificultades emocionales o mentales, pero me he dado cuenta que al trabajar en colaboración con otros puedo adaptarme a su medio, sumergirme en su obra y nadar a través de las aguas, por mas turbulentas que sean.
Estoy contento, estoy satisfecho y melancólico, pero eso último es sólo por la canción en la que he trabajado esta noche. Interminable se llama, uno de esos dramas que no terminan de consolidarse, cuando uno no sabe si está enfermo de nostalgia o de un amor profundo, incluso de rencor.
Como siempre, mi arreglo es sencillo, considero que la canción está completa y sólo le hace falta algo de brillo para convencer, para hacer volar. Eso es lo que intento con el sintetizador: darle un piso para que se impulse. Darle alas al cisne.
La escucho, una y otra vez, y me pierdo en ella, en el viento que remueve sus arenas. Me sumerjo en sus corrientes, sus valles submarinos, y me raspa la voz del hermano que canta y la línea final: "nada falta" con el último aliento, la última certeza.
Y así pasa la noche, después de la última turbulencia que no supe manejar, seguro de que hice falta, más que otras veces, para que supieras que creo en ti.
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