Desperté a las seis y cuarto de la tarde. La cortina a medio caer y un dolor de cabeza como parásito me saludaron. Al asomarme a la ventana noté un enorme nubarrón de plomo y pensé que llovería como un mes atrás.
Desde el piso dieciséis por encima del parque hundido, en la ciudad de México, las tormentas no son más que una pesada cortina que no me deja ver el WTC. No es que lamente perderlo de vista, es más bien que me sorprende dejar de ver el monolito inútil, "menumento" al coyotaje y la tranza en esta H. ciudad.
Pero a las seis y treinta de esta misma tarde se estampan contra la ventana de mi oficina las primeras gotas. El vidrio tiembla un poco (ciertamente le hace falta grosor, pero no flexibilidad). Se anuncia la tormenta.
Dos minutos después, las gotas se secan y la nube se disuelve. Se abre de nuevo el cielo y lo único que queda parecido a lluvia es el sonido de los aspersores en el parque.
Estoy decepcionado, y más cuando sale el sol y se abre el cielo.
El maldito calor no cesa, no deja vivir, igual que la vejez.
Pero así son las cosas aquí. Al menos la natilla de esmog no me priva de ver el WTC.
Me pregunto si será un Transformer antiquísimo que espera el día en que lo revivan.
Me pregunto tantas estupideces cuando estoy aburrido.
Por eso sólo voy al cine cuando mi hijo quiere ver algo.
¡Qué felicidad!
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